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Por Elena Marcos

DirCom y Directora de Estrategia de Alma y Talento

¿Cuántos niños y niñas más deben sufrir para que protejamos de verdad a los menores de sus verdugos? Los niños NO se tocan. 

“Los trapos sucios se lavan en casa” es una de las frases que más daño han causado en el seno familiar junto a “esto es un secreto entre tú y yo”. La mal entendida “lealtad a la familia”, a cualquier precio.

Durante décadas la respuesta institucional ante el abuso sexual intrafamiliar ha estado condicionada por tres fuerzas poderosas: la cultura del vínculo, la ley del silencio y el miedo a romper la familia.

Tres mecanismos que lejos de proteger a la infancia, han contribuido en demasiadas ocasiones a su revictimización.

La cultura del vínculo: cuando el agresor sigue siendo considerado padre o madre antes que agresor/a

La llamada cultura del vínculo parte de una premisa aparentemente noble: los niños necesitan mantener una relación con ambos progenitores. En circunstancias normales es cierto pero el problema surge cuando esta idea se convierte en un dogma.

Cuando se considera que el vínculo biológico posee un valor superior a la seguridad física y psicológica del menor.

Cuando se habla más del derecho del adulto a seguir siendo padre/ madre que del derecho del niño a sentirse protegido.

Cuando el agresor sexual sigue siendo percibido primero como padre, abuelo, tío o hermano ( madre, abuela, tía, hermana, hay menos casos pero existen) y solo después como agresor/a.

Desde la psicología del trauma se sabe que el abuso sexual intrafamiliar constituye una de las formas más devastadoras de violencia que puede sufrir un ser humano. La persona que agrede no es un desconocido. Es precisamente la persona que debía protegernos, cuidarnos y querernos.

En estos casos el vínculo deja de ser un espacio de seguridad y convierte en un instrumento de dominación. De terror. Obligar a una víctima a mantenerlo en secreto es prolongar y multiplicar el daño.

La ley del silencio: el gran cómplice del incesto

El incesto rara vez ocurre en el vacío. Sobrevive gracias al silencio. Un silencio que adopta muchas formas. La madre que no quiere creerlo. El padre que mira hacia otro lado. Los abuelos que dicen que eso es imposible. Los tíos que prefieren proteger el apellido familiar. Los hermanos que callan por miedo. Los vecinos que sospechan y escuchaban pero no han denunciado y no quieren saber. Las instituciones que no vigilan. Urgencias que no ha activado protocolos viendo cosas que no cuadraban. Fallos a menudo injustificables del sistema.

Por todo ello la víctima aprende rápidamente una lección devastadora: denunciar puede ser más doloroso que callar ya que cuando habla se enfrenta al agresor y a todo un sistema familiar construido para protegerse a sí mismo.

En numerosas historias de abuso sexual intrafamiliar, el momento más traumático no es la agresión. Es contarlo y que te crean. La incredulidad posterior y el poner en duda a la víctima ( lo habrás malinterpretado).

El día en que la víctima encuentra el valor para contar lo ocurrido y descubre que quienes debían protegerla eligen proteger la estabilidad familiar es el peor.

La familia rota: la segunda pérdida de la víctima

Existe una consecuencia de la que se habla poco. Cuando una madre o un padre decide creer a su hijo y protegerlo, a menudo no pierde únicamente a la pareja agresora pierde también a una parte de la familia política e incluso propia. Abuelos. Tíos. Primos. Amigos de toda la vida. Personas que no soportan aceptar que alguien cercano haya cometido semejante atrocidad.

Es en ese momento cuando aparece un fenómeno cruel, la víctima pierde su inocencia, a su familia. Muchas veces hasta su casa. Su colegio. Sus amigos al tenerse que cambiar de barrio, ciudad…

Muchas personas supervivientes de incesto describen una experiencia similar: tras denunciar, dejan de ser consideradas víctimas para convertirse en las responsables de la ruptura familiar, como si contar la verdad fuera peor que cometer semejante atrocidad, que además es un delito. Como si quien revela el horror fuera más peligroso que quien lo ha hecho.

Cuando el agresor es el abuelo, el tío o el hermano

La imagen social del incesto suele centrarse en la figura paterna. Pero la realidad es mucho más amplia.

Existen casos en los que los autores son abuelos, tíos, hermanos, padrastros, primos o cualquier otro miembro del entorno familiar, también las madres aunque resulte aún más duro al haber llevado dentro de su seno materno a su hijo o hija.

La lógica del silencio sigue siendo exactamente la misma. La familia se moviliza para proteger la estructura, no a la víctima.

Aparecen frases como: «Es un anciano.» «Siempre ha sido un hombre ejemplar.» «Seguro que lo has entendido mal.» «No destruyas la familia.» «Piensa en tu abuela.» «Piensa en tus primos.»

La víctima termina soportando una carga imposible, además del trauma se le exige la responsabilidad emocional de mantener unida a la familia.

La sombra de la alienación parental

En este contexto aparece otra controversia que ha marcado numerosos procedimientos judiciales.

Durante años algunos niños que rechazaban ver a un progenitor denunciado por violencia o abuso fueron interpretados automáticamente como víctimas de manipulación por parte del otro progenitor. La llamada alineación parental. La consecuencia práctica era devastadora. La atención se desplazaba desde la posible violencia sufrida por el menor hacia la conducta de quien denunciaba. El niño, la niña, dejaba de ser escuchada como posible víctima y pasaba a ser analizada como posible instrumento de manipulación.

Esto no significa que no existan conflictos familiares o intentos de influir en los hijos durante procesos de separación. Y que haya madres y padres que lo hagan.  Significa que ninguna hipótesis debería servir para descartar de antemano una denuncia de abuso, porque cuando el sistema se equivoca en un caso de abuso sexual infantil, el coste no es administrativo, es humano, es psicológico y en ocasiones resulta irreversible.

Escuchar a los niños no es una concesión es una obligación

Durante mucho tiempo se consideró que los menores carecían de capacidad suficiente para participar en decisiones judiciales que afectaban a sus propias vidas. Las reformas recientes en España avanzan en la dirección contraria. Reconocen que los niños tienen derecho a ser escuchados independientemente de su edad, adaptando la escucha a su grado de madurez porque son quienes deben relatar lo que están viviendo.

Un niño puede no comprender conceptos jurídicos complejos pero sabe perfectamente quién le da miedo, quién le hace daño y quién le hace sentirse seguro.

Las víctimas necesitan más protección

La gran pregunta moral sigue siendo la misma.

¿Qué debe prevalecer, la preservación de la familia, la conservación del vínculo biológico, la reputación familiar o la seguridad del menor?

La respuesta a este interrogante define el tipo de sociedad que queremos ser y sobre todo a quien queremos proteger de verdad.

Durante demasiado tiempo miles de víctimas de abuso sexual intrafamiliar han tenido la sensación de que el sistema protegía antes a la familia que a la infancia, al apellido que al menor, al agresor que a la víctima, al silencio que a la verdad.

La protección de la infancia exige una transformación profunda. Exige creer sin prejuicios. Investigar con rigor. Escuchar con respeto. Sin ideología. Con profesionales al frente, con sensibilidad. Y comprender que quien denuncia no destruye la familia, quien destruye la familia es el mostruo que convierte el hogar en un infierno. Y ninguna cultura del vínculo, ninguna presión familiar y ninguna ley del silencio deberían ser jamás más importantes que la vida, la dignidad y la salud mental de un niño.