Por Elena Marcos
Directora de Comunicación y Estrategia en Alma y Talento
Hay un doble sesgo del que todavía se habla poco: ser mujer y cumplir años.
Envejecer no debería restarnos valor. Sin embargo cuando hablamos de mujeres, la edad se cruza con otro sesgo profundamente arraigado, el de género. Esa combinación puede convertirse en una barrera invisible para acceder a oportunidades, desarrollar una carrera, ocupar posiciones de liderazgo o seguir aprendiendo y decidiendo sobre nuestro propio futuro.
El edadismo está en las decisiones, en las políticas, en la selección de talento, en la comunicación, en la tecnología y en la cultura de las organizaciones, es innegable.
La parte positiva es que ahora tenemos una herramienta para medirlo. El pasado 10 de marzo, HelpAge International España presentó en el Imserso el informe “El edadismo en España. Análisis de impacto según la Escala del Edadismo de la Organización Mundial de la Salud”, elaborado junto a la OMS y la Universidad de Edimburgo. España se convirtió así en el primer país europeo en validar esta escala, que permite medir estereotipos, prejuicios y discriminación por razón de edad.
Lo que no medimos, difícilmente podemos combatirlo.
La investigación identifica tres dimensiones del edadismo —estereotipos, prejuicios y discriminación— y tres niveles en los que se manifiesta: autoinfligido, interpersonal e institucional. Este último resulta especialmente preocupante. Muchas veces se esconde detrás de decisiones aparentemente racionales.
“Necesitamos alguien que se adapte a las nuevas tecnologías”.
“Tienes demasiada experiencia, estás sobrecualificada”.
El problema está en utilizar la edad como atajo para decidir quién tiene potencial y quién no y cuando esa persona es una mujer, la ecuación puede complicarse todavía más ( cargas familiares, falta de conciliación real, distinta vara de medir).
Durante décadas hemos exigido a las mujeres demostrar su valor profesional mientras se las juzgaba por su edad, su apariencia, su maternidad, su capacidad de liderazgo o su supuesta disponibilidad. El género condiciona cómo se percibe a una mujer y la edad puede reforzar ese prejuicio.
No hablamos de una cuestión estética sino de talento, poder, autonomía y oportunidades.
El propio informe señala que el edadismo interactúa con otros factores como el género, la discapacidad o el nivel socioeconómico. Sus consecuencias tampoco son menores: mayores niveles de discriminación por edad se relacionan con peor salud física y psicológica, más soledad y menor satisfacción con la vida.
Combatir el edadismo no consiste únicamente en cambiar palabras, consiste en cambiar decisiones.
Aquí la formación tiene un papel fundamental.
Desde Alma y Talento defendemos una formación que no se limita a cumplir un expediente. Formar es escuchar qué necesitan las personas, qué necesita el equipo y qué necesita la organización para seguir avanzando.
Necesitamos formación continua, reskilling y upskilling. Necesitamos alfabetización digital e inteligencia artificial para todas las generaciones. Necesitamos desarrollar Power Skills, liderazgo inclusivo, pensamiento crítico y capacidad de adaptación y sobre todo necesitamos desmontar una idea peligrosa, que aprender tiene fecha de caducidad como los yogures.
Una mujer de 50 años no necesita que alguien decida por ella que ya no tiene recorrido. Ha de tener oportunidades, herramientas y confianza para seguir construyéndolo.
Aparecen nuevos desafíos: la inteligencia artificial no está libre de edadismo.
Un estudio publicado en 2026 por la UOC concluyó que varios chatbots analizados seguían reproduciendo sesgos relacionados con la edad: asociaban a las personas mayores con asistencia y simplificación, mientras vinculaban a las más jóvenes con creatividad, aprendizaje y entretenimiento.
La tecnología aprende de nuestros prejuicios.
Si incorporamos IA a los procesos de selección, promoción, formación o gestión del talento, tenemos que preguntarnos qué datos estamos utilizando, qué sesgos contienen y qué decisiones estamos automatizando.
La inteligencia artificial no puede ser más inclusiva que las personas y los datos que la alimentan.
Necesitamos organizaciones capaces de mirar el talento sin fecha de caducidad. Equipos donde convivan generaciones. Mujeres con experiencia que sigan ocupando espacios de decisión. Personas que puedan reinventarse profesionalmente sin que su edad se convierta en una etiqueta.
La longevidad está cambiando nuestra sociedad, también debe cambiar nuestra manera de entender el trabajo. Ya no sirve el viejo esquema de estudiar, trabajar y jubilarse.
Vivimos más. Aprendemos durante más tiempo. Cambiamos de profesión. Emprendemos. Lideramos. Nos reinventamos.
El propósito no cumple años. El talento tampoco.
En Alma y Talento trabajamos para que esa transformación sea real: diseñando formación a medida, desarrollando competencias, trabajando los sesgos, impulsando el liderazgo inclusivo y preparando a las organizaciones para gestionar el talento desde una mirada más humana, diversa y sostenible.
Formar es dar a las personas herramientas útiles para construir su futuro y ese futuro no puede tener edad ni género como barrera de entrada.



